Soy una excepción

Soy una excepción.

Tengo 63 años, coticé por tres años (78-80) en las cajas de previsión antiguas, nunca tuve lagunas y mi pensión, financiada solo con aportes obligatorios,  equivale al 73% de mi última remuneración (tasa de reemplazo, la llaman).

Con 5 hijos los hábitos de ahorro se generan solos. Si no es posible el gasto, simplemente no se hace. Distinta es la educación: es una inversión de enorme cuantía y retorno (ver más sobre educación). La salud: imprescindible. Con buenos hábitos de alimentación, actividad física y algo de suerte es posible mantenerse lejos del médico.

Sigo trabajando siempre en el área del desarrollo de sistemas. Me especialicé en sistemas de control de inversiones financieras. He colaborado con bancos, corredores de bolsa, agencias de valores, fondos mutuos, compañías de seguros y administradoras de fondos.

En los años 80, una persona podía invertir y gestionar sus ahorros en depósitos a plazo fijo en los bancos, en cuentas de ahorro, en la bolsa de comercio y en fondos mutuos (estos últimos desacreditados por la crisis de 1983). Hablo de una época en que el precio del dinero era muy alto. Por un depósito al mes te podían pagar 3,5% y un crédito hipotecario podía costar UF+18% anual.

En 1988, las AFP comenzaron a ofrecer la cuenta de ahorro voluntario, que permitía a los afiliados obtener la misma rentabilidad de las cuentas obligatorias con fondos de libre disponibilidad. Permitían hasta 4 giros al año y después tuvieron beneficios tributarios opcionales. Lo mejor es que no cobraban comisiones, aunque estaban autorizadas a cobrar una comisión fija sobre cada retiro.

Este mecanismo de inversión de nuestros ahorros me pareció el más seguro y rentable. En esos tiempos existía un solo fondo (parecido a lo que es hoy el fondo C), por lo tanto si preveía que el riesgo de desvalorización era demasiado, retiraba todo el dinero hacia el banco. Una vez que el riesgo se disipaba, volvía a entrar.

Cuando en 2002 se crea el multifondo, la gestión de nuestros ahorros se facilitó mucho, porque, para capear el riesgo no tenía que sacrificar un retiro (eran 4 máximo al año), evitaba la comisión y el efecto tributario de un retiro.

Sin dudas, el impacto mayor se produjo por la posibilidad de gestionar también mi cuenta obligatoria. Me permitió desarrollar e ir mejorando hasta hoy un modelo de gestión de cambios entre el fondo A (más riesgoso) y el E (más conservador). Como cualquier modelo predictivo, tampoco es perfecto el mío. No todos los años obtuve más rentabilidad que el mejor fondo de ese año, pero, evité la caída de 35% del fondo A en 2008 (equivale a una laguna entre 6 y 12 años de cotizaciones, o más, dependiendo del saldo) y aproveché la ganancia de 39% del mismo fondo en 2009.

Desde que existe el multifondo, a pesar de lo imperfecto de mi modelo, he superado en 1,87 veces (casi duplicado) la rentabilidad obtenida por el mejor fondo en el mismo periodo.

La rentabilidad obtenida en estos 35 años explica cerca del 90% del saldo de mi cuenta obligatoria.

Sigo trabajando, me pensioné y no seguiré cotizando. ¿Para qué seguir cotizando, si la rentabilidad esperada de mi cuenta alcanza para financiar mi pensión?

Dicho de otra manera, recibiré una pensión equivalente a la que me daría una renta vitalicia, y si mi cuenta renta al menos UF+4%, no perderé un peso de mis ahorros de una vida (suerte para mis herederos).

Me dicen que no puedo mejorar mi pensión, a pesar de que el escenario más probable es que el saldo de mi cuenta vaya aumentando en lugar de disminuir, porque las fórmulas suponen rentabilidades futuras menores a UF+4%.

No me quejo. Por lo que escucho de mis coetáneos en similares condiciones, una pensión con una tasa de retorno de 73% es un lujo. Espero me permita sobrevivir cuando deje de trabajar.

Lo preocupante es que se está aplicando la misma receta, suponiendo la misma tasa, para todos los que están obteniendo malas pensiones y que forman parte de la regla general, no de la excepción. (Ver más detalle en “Viejos de mierda“)

 

 

 

 

 

 

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