Chile, cada vez más lejos del diálogo. Es urgente restablecer la paz, ahora. Mucho más urgente que un plan B.

Ningún fin justifica la violencia, excepto la ejercida por el estado para hacer respetar la ley.

Creo que debemos ser capaces de dialogar de cualquier tema, en especial sobre el marco legal que nos albergará en los próximos años.

Podremos diferir en cuanto a los modelos económicos, al equilibrio entre libertad y control, al alcance de los derechos garantizados y a los incentivos que deben existir para promover la productividad, la innovación y la prosperidad.

También podríamos no estar de acuerdo en que los chilenos no seamos iguales ante la ley. A muchos les hace sentido discriminar positivamente a las minorías que han sido abusadas por uno u otro motivo, buscando una reparación histórica para todo aquel que haya sido afectado.

Otros aceptarán medidas como la paridad de género, los escaños reservados, los sistemas de justicia paralelos y otras formas de discriminación sin advertir que son fuente de desigualdad y que crean el precedente para que mañana se beneficie a otros grupos de presión, cualesquiera sean estos.

Habrá algunos que piensan que la democracia es la mejor forma de gobierno conocida, que permite la transparencia, el equilibrio de poderes y la alternancia en el poder, para proteger al ciudadano de a pie frente a los abusos del estado.

Sumado a lo anterior, otros querrán poder modificar la constitución por simple mayoría de una asamblea auto convocada. Esto facilitaría que cualquier grupo que llegue al poder, se perpetúe en él, dado que podría cambiar las reglas del juego en su favor.

Es perfectamente legítimo diferir en todos los temas anteriores y la historia evaluará qué decisiones fueron buenas o malas, importantes o intrascendentes, mejores o peores.

No podemos legitimar la violencia como forma de acción política.

El que se cree poseedor de verdad absoluta siempre justificará imponerla por cualquier medio. Incluida la violencia. Y esto es inaceptable. El diálogo vale la pena y tiene sentido, solo si estamos de acuerdo en que la violencia es inaceptable. La Iglesia Católica, los comunistas, los defensores de la democracia, los revolucionarios y las monarquías son algunos ejemplos de ello.

El cerco de lo tolerable se ha ido corriendo hasta casi desaparecer. Tenemos violencia por todos lados sin que exista voluntad política, determinación, ni capacidad de detenerla, ignorando el riesgo de una posible guerra civil. ¿Estamos dispuestos a sacrificar las vidas de miles de jóvenes y condenar a las nuevas generaciones, cualquiera sea el bando ganador, a largos años de sometimiento, odio y dolor?

El “Pacto por la Paz y la Nueva Constitución” es consecuencia de la violencia callejera de 2019. Algunos dirán que, por su génesis, la nueva constitución sería ilegítima y que la paz social era el piso imprescindible para construir la nueva casa de todos. Otros la justificarán, pero, hasta hoy, no tenemos ni la una, ni la otra.

Es urgente restablecer la paz, ahora. Mucho más urgente que un plan B.

Francisco J. Doren

25 de mayo de 2022

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